Soledad acompañada

He tenido la suerte de poder ilustrar la cubierta de un magnífico libro de relatos cortos titulado “Soledad acompañada”. Son historias sobre la soledad en el mundo contemporáneo, y del modo en que los protagonistas intentan llenar ese hueco. Tiene una gran diversidad de registros y algunos me han llegado muy hondo. Os paso un enlace a amazon del libro, por si queréis hacer un regalo a alguien, o a vosotros mismos.

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SOLEDAD ACOMPAÑADA (Small)

También os transcribo, con la debida autorización, uno de mis relatos favoritos.

 

BODA

 

Se conocían desde siempre, unos cuatro años. Toda una vida. Cuando se vieron en la guarde lo sintieron, algo que las movía a estar necesariamente juntas, e intercambiaron chupetes, gastroenteritis y mocos. Iban de la mano como si fueran siamesas y solo se separaban cuando el agua caliente, en forma de madres, tiraba de cada una en direcciones opuestas.
En el colegio se sentaban juntas, aunque la maestra no quisiera, pues charlaban de todo y se reían sonoramente porque nada ponía freno a su alegría. Si las separaban se ponían al lado, aunque fuera en el suelo, y asumían los castigos con sumisión. Estar lejos les quemaba, les faltaba el aire, y la educadora terminó por aceptarlo.
Una era explosiva, feliz, algo alocada. Morena de ojos enormes y del color de la miel. La otra rubia de ojos pequeños y verdes. Tranquila, callada y tímida. Eran el yin y el yan de una misma moneda, y se equilibraban de tal manera que, sin la otra, era como estar sin ruedines, volcabas irremediablemente a la derecha.
Sin embargo habían oído malas noticias: en Primaria las separarían. Deberían hacer nuevas amigas y verse solo ocasionalmente en los recreos. Se sentían morir. Con unos cuerpos que no levantaban un palmo del suelo, sus sentimientos eran grandes, inconmensurables. Pero ignorados por venir de unas bocas llenas de ponis, unicornios, hadas y brujas.
-Me quiero casar con ella cuando sea mayor – decía la morena.
Si es lo que quieres, adelante- contestaba la madre, de mente abierta.
-Pero ¿cómo le dices eso a las niñas? – contesta una abuela algo estancada.
-El amor no entiende de sexos. Solo son niñas, qué más da que sueñen.
-Cierto, el tiempo las pondrá en su sitio.
Las niñas oían a los adultos, y sus almas, de tan intensas, ignoraban aquello que no querían oír, para refugiarse en un mundo mágico donde dos mujercitas pueden vivir juntas, casarse y adoptar catorce perros, cinco gatos, dos tortugas y el delfín… ya se nos ocurrirá dónde meterlo.
-Viviremos en un castillo – continuaba la morena -, tal vez invite también a Paula, a Jaime, Lucas y Aroa. O en una nube, que está muy blandita, así nunca nos llovería y solo bajaríamos a jugar con los charcos y a visitar a mamá. Porque los paraguas son un rollo y pesan mucho.
-Y con las botas me sudan los pies- aporta la rubia. Menos las que tienen luces, que esas ni sudan. Abuela, cómprale unas a ella para que vayamos iguales.
Con la mente sucia que da la edad, imaginan las adultas una orgía con tantos invitados a la que deben poner fin. Un beso y vamos a callarnos un ratito.
-No, vivamos en una tienda de campaña. Así podremos invitar a los ciervos o vivir en el jardín de tu abuela para que nos traiga galletas todos los días – continúa la morena, ilimitada.
La anciana ya se imagina cocinando a diario dulces de por vida.
-Qué va, mi abuela es muy vieja, cuando seamos mayores se habrá muerto. Nos esperará en el cielo.
-Pues allí que nos haga galletas, que ya iremos.
-Con cien años.
-Por lo menos.
Otro beso las calla momentáneamente, y las dejan organizando un viaje a los cielos al fallecer. Ambas adultas se sopesan. Una culpa a la otra de ponerle tope a las inventivas, la otra se siente juzgada. Y ambas se despiden con corrección y ganas.
Las niñas se vuelven a mirarlas. En la fila son ignoradas como siempre. Las maestras se ponen al día de sus cosas, o cotillean de las incapacidades o locuras del niño de turno. Son invisibles en una masa rosa y azul. Todos hablan y una vocecilla más en la algarabía de llantos, mocos y rabietas, solo es un acúfeno para las cansadas docentes. Han dejado de oír en general. Para solo escuchar cuando preguntan. O se volverían locas. O porque ya lo están, soportando veinticinco chillidos a un tiempo.
Esas niñas miran arriba y no ven más que vientres y boquetes nasales mal rebañados. Están seguras de que si pudieran mirarse a los ojos, las adultas entenderían que deben estar juntas.
Se mezclan entre esa arboleda de piernas enormes, pasan entre los troncos, enganchadas a veces entre las ramas; pero ellas corren unidas y salen donde las madres agitan manos y gritan a sus retoños para que las saluden como si no acabaran de despedirse. Creando en los infantes la responsabilidad, que les pesa, de saludar cuando ya están entretenidos con sus iguales. Arrobados por el coche que trae uno, la herida enorme de otro o la camiseta cambiante de una tercera, que encima es rosa.
Y caminan, corren, ríen con esa libertad que les da el ser auténticas. Algún padre que va con retraso las mira ir en dirección contraria. Pero llegar a tiempo les urge más que resolver ese enigma y pasan de las mocosas que se van. En clase las suponen enfermas, y nadie las echará de menos.
Cruzan y los coches paran por instinto, y ellas danzan ante ese canto de pitidos. Hablan y no paran, pues sus lenguas están por estrenar y necesitan rodaje. Y si no saben qué decir lo inventan, porque están en la edad en que todo es importante, hasta aquello que no es. Porque si le das voz, tendrá alas y será.
Miran un bicho en el camino y luego otro que lo sigue, y van detrás. Encuentran un agujero por donde entran hormigas. Las descargan de su peso y las ven girar perdidas, sin entender que aquellas diosas caprichosas han decidido que ya no van a llevarse esa hoja. Les ponen otros pesos, como un caramelo pegajoso del suelo, apenas chupado y por tanto magnífico. De fresa. Mejor que mejor. Pero no cabe por el orificio, y ellas lo agrandan con las manos, y empujan hasta que entra. Y se sienten felices por haberlas alimentado.
Imaginan a las hormigas con sus baberos -rosas, por supuesto- alrededor del caramelo. Y a la de tres se lanzan todas a chupar a un tiempo. Hasta que viene la reina, que les dice que primero ha de comer ella. Y todas lloran porque es injusto, pero la reina succiona y las deja seguir. Ríen y bailan y siguen la fiesta hasta por lo menos las once de la noche. Cuando ya está todo el mundo dormido y salen los murciélagos, y deben esconderse incluso los humanos. Para no ser vampirizados.
Deciden hacerse un ramo, las novias tienen ramos. Una conoce un descampado precioso lleno de flores amarillas y caracoles. No saben si sabrán llegar pero no les importa. Este de aquí les valdrá. Han andado durante horas, o eso creen. En el llano hay un pequeño charco, con campanillas amarillas y salvajes, vulgares. Basura por todos lados. Pero ellas han llegado a un remanso donde los unicornios se ocultan, porque han hecho mucho ruido. Una coge una lata vacía y juegan al fútbol, hasta que el líquido espumoso las rocía y giran contentas ante ese aspersor alcohólico. Se agacha y coge un cable de cobre, que brilla y es naranja como su segunda bebida favorita, y lo enreda y hace un anillo para su princesa. La otra se lo pone encantada aunque le pincha un poco, pero no lo suficiente como para quitárselo.
Flotan barcos en ese lodazal que las llevan a puertos mágicos que venden varitas y vestiditos. Meten los dedos para crear un remolino y el velero zozobra. Nunca llegará a su destino y se hundirá para vivir con las sirenas, que le hará un collar de perlas. Y meten los pies, descalzos, para no manchar los zapatos, y saltan para unirse a la fiesta del mar.
Las flores amarillas son preciosas a sus ojos, incluso les parece que huelen a vainilla o limón. Juntas hacen un ramo enorme, casi despoblando aquel solar. Y ellas andan ceremoniosas a un supuesto altar. Se pasan el ramillete de la una a la otra y deciden que lo mejor es que ambas lleven flores. Lo dividen en dos. Pero una grita cuando un insecto se le sube por la mano y lanzan pétalos, y llueve amarillo sobre las niñas que chillan como si la vida misma les hiciera cosquillas. Finalmente dos flores son despulgadas y sirven de adorno suficiente para esas mujercitas enamoradas del amor.

Un hombre mayor las observa. Sonríe.
-¿Qué hacen dos damitas tan guapas fuera del colegio?
-No podemos hablar con extraños – contesta la morena.
-Soy Carlos, un placer – y tiende su estropeada mano.
Las niñas se la dan, y como ya no es un extraño, hablan.
-Nos hemos escapado. No queremos volver al cole, nos quieren separar.
-Eso sería horrible – apunta el hombre, empático.
-Claro.
-¿Y cual es vuestro cole, ese? – señala uno que está muy cerca, casi al lado; el de ellas.
Horrorizadas salen corriendo nuevamente. Son aire fresco y nada las retiene. Y dejan allí sus zapatos limpios dejando huellas de barro y risas. El hombre las mira. Ya no está para salir detrás de dos mariposas, y guarda el cebo para hadas. Quizás se dirija al centro escolar y se haga el héroe. Los niños lo rodearán y él se pondrá muy contento; como un perrillo, moverá la cola. Coge aquellas pequeñas escamas de sirenas que se han hecho humanas, vendiendo su aprendizaje a cambio de pies. Huele aquellos preciosos zapatitos, abandonados por cenicientas; todavía tienen aroma a nuevo. A recién paridas, a líquido amniótico. Vienen los nombres, pero no las direcciones. De pequeñas habrán perdido en sus carritos más de uno. Y se dirige al colegio.

Van tan aceleradas que les duele el costado y se asustan un poco; echan un poco de menos a sus mamás, pero tienen tal decisión que el dolor se les pasa. Una llora porque han perdido los zapatos y los pies le molestan, se ha clavado algo. La otra saca una chuche del bolsillo y le acaricia el pelo dorado a su futura mujer. Se consuelan y comparten esa golosina con forma de huevo frito. La favorita de la morena. Una se come la yema, la otra la clara porque la parte naranja es demasiado intensa para ella. Fortalecidas, siguen una lagartija.

En el colegio nadie lo abraza. Ni siquiera le han dejado entrar en la clase, sino en un despacho. La policía le pregunta una y mil veces qué ha hecho con las chicas, que dónde estaban, y las madres enloquecidas le dan con esos bolsos gigantescos, kits para una mujer actual y moderna. Con un tampón última generación, una lima, árnica morada, tiritas de Minions, un móvil álbum de fotos portátil, un cuento, unas braguitas de repuesto, botellines de agua con dibujitos y más llaves que San Pedro. Las tienen que agarrar de la cintura para que no se coman a ese hombre que lleva unos zapatos que solo pueden tocar ellas. Lloran y escupen e intercambian orfidales y lexatines porque ya nada les hace efecto. Se arañan las manos hasta el hueso en búsqueda de esa parte rosa de sus seres que debieran estar en sus estómagos, de donde nunca debieron salir. Buscan en sus corazones ese trozo lleno de besos que sangra, y gritan con las entrañas rompiendo todos los vasos y los tímpanos de los padres esperanzados. Ellos lloran casi sin humedad, y dejan hablar al anciano que puede tener una pista. Ellas claman por parte de su ser, porque han sido peceras y esa sensación no la entienden los varones. Y se enfadan con sus parejas porque si asumen la culpa no soportarían seguir viviendo.

Se han metido en una casa a medio derruir persiguiendo aquel dinosaurio. Tienen miedo, y la aventura ahora les cansa. Quieren estar con sus madres, pero no se atreven a hablar de ello para no meter el susto en el cuerpo de la otra. Un temor partido por la mitad es menos, es algo que saben de la escuela. A la que ahora echan en falta.
-No dejaré que nos separen – se levanta la del cabello oscuro.
-Ni yo. ¿ Qué podemos hacer?
-Vamos a casarnos como dijimos.
-¿Qué hay que hacer?
-Ir a la iglesia. Mi abuela va mucho.
-¿Sabes cómo ir?
-Claro – dice la de pelo negro, con la seguridad que da el saber que haces lo correcto.
Las niñas caminan como guiadas por un dios comprensivo, y llegan con sus flores, ya no tan frescas, que miran avergonzadas al suelo por ser damas de honor de unas novias tan poco glamurosas. Se acercan a las velas y las soplan pidiendo mil deseos, y se salpican con el agua bendita usando sus dedos como pistolas con balas líquidas. A las risas acude un sacerdote enfadado, que no identifica ya la alegría y lo confunde con escándalo, y las lleva a rastras y llorando a la oficina. Con un sonido al que está más habituado.

La policía, abuelos y padres acuden a la iglesia. El cura les planta un sermón que es de la única manera en la que sabe comunicarse. Las chicas son guanteadas, abrazadas y zarandeadas. Un policía se les acerca mientras la cacofonía de culpas y enfados continúa. Ellas solo querían casarse. El uniformado hombre las mira de arriba abajo con sus caras churretosas y los pies costrosos de barro, con una camiseta llena de caras y cacas sonrientes la una, y la otra un vestido lleno de lazos rosas. Arrodillado ante esas novias, mira en sus ojos la resolución.
Con Dios de testigo y una libreta cualquiera el agente procede:
-¿Prometes quererla para siempre?
-Toma, pues claro.
-¿Y tú, rubia?
-También.
-Pues por el poder que me confiere la comisaría yo os declaro casadas. Podéis besaros.
Las niñas unen sus labios y se ríen. Los padres escandalizados prometen una denuncia, el cura la excomunión por reírse de un Sacramento. Y las niñas lloran mientras se las llevan, cada una por un lado, por más que gritan que ahora deben vivir juntas. En un tipi o en un arcoiris para tener muchos niños, por lo menos todos. Y cada una se separa, de esos imanes que tienen por manos, hacia el médico y una ducha, donde las sirenas y los unicornios se van por el desagüe. En la alcantarilla, donde viven muchos sueños rotos.

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